(Nota inicial: Estos son unas memorias, ya lo saben, así que, si su intención es seguirlas, quizá lo mejor sea hacerlo desde un principio —aunque cada cual es libre de leer cómo le place—. Para ello disponen de los archivos de este blog, donde se encuentran todos los capítulos anteriores, ya que no existen más entradas que las destinadas a transcribir las memorias que en su día Rosa dictó a una grabadora.)
Soy de natural despierta, así que tras aquella primera experiencia culinaria comprendí que mi labor en la cocina iba a ser placentera, y que mis cualidades para el puesto llegaban más allá de lo que había pensado en mi ñoñería de pueblerina inocente.
Desde un principio, fuera de nuestros encuentros amorosos, la señora siempre me trató de usted y yo hacía lo propio y no me dejaba llevar de la imprudencia que entre abrazos me impulsaba a decirle procacidades que, recuperada la razón, descubría dignas del más deslenguado putón desorejado que se pueda encontrar.
Durante un tiempo no entendí el porqué de aquellos nombres tan enrevesados con los que la señora se entretenía en bautizar los platos, pero sí intuí que el objeto final de sus enseñanzas era compartir conmigo la afición por los moluscos, en especial la que ella sentía por mi almeja, como le gustaba llamarla.
Por mi parte, estaba encantada con unas actividades que me proporcionaban un placer hasta entonces desconocido y muy lejano a las torpes y turbias maniobras con que me había obsequiado algún mozo de mi pueblo, palurdo y bruto, porque la mayoría lo eran y no me refiero sólo a los de pueblo. Tampoco estoy segura de que hoy las cosas hayan cambiado.
Puede que por primera vez en mi corta vida, me sentía feliz y hacía algo que me gustaba, tanto que me aficioné a la cocina y disfrutaba aprendiendo. Pronto supe cocinar bastantes platos y memoricé palabras que nombraban un sinfín de productos o formas de preparación que antes no existían para mí: lubina, solomillo, osso bucco, vichyssoise, mousse, roquefort, vol-au-vent, budín, aspic y un largo etcétera. Otros alimentos tomaron forma más allá de la imagen borrosa que tenía de ellos: el besugo se convirtió en un pescado diferente del torpe hijo de doña Dolores; la langosta resultó distinta de esos bichos repugnantes que nosotros llamamos saltamontes; los percebes ya no fueron los gemelos de doña Engracia y los carabineros dejaron de asemejarse a la pareja de la guardia civil pero en antiguo. Eso sin hablar de los sabores y olores que a cientos llenaron mis sentidos embotados hasta entonces por la estulticia de la miseria.
En aquello días, me pasaba las horas en la cocina, casi siempre en compañía de la señora que no escatimaba tiempo y esfuerzo en transmitirme el cariño por la gastronomía, y en especial por lo referente al molusco; esa especie animal tan apreciada por ella. Yo ya no sentía vergüenza de mis rosadas carnes de paleta, y ella se ocupó de que abandonase la ropa interior de algodón blanco; poco favorecedora para abrir el apetito. Como decía y yo siempre he intentado aplicar en todos mis platos: la presentación es tan importante como el contenido.
Un día, mientras cocinábamos lomo con mostaza porque no se puede vivir sólo de moluscos, aprovechamos el cocimiento de media hora con el que el plato concluye su preparación y la señora me dio una mano de almirez de cobre con instrucciones de que la untase con aceite de oliva virgen y se la introdujese, usando la parte más fina, por el agujero del culo. Yo creía que ese lugar sólo servía para otros menesteres y es innecesario ponerme escatológica, pero por sus gemidos descubrí mi error. Cuando tuvo el artefacto bastante adentro para su gusto, ofreció a mi boca el manjar que ocultaba entre sus muslos y yo no desprecié la oferta y me afané en una ocupación que ya me resultaba tan cotidiana como grata. Terminada mi tarea entre los jadeos de la señora, me incorporé y me dispuse a que ella diera fin a una situación que no necesitaba mucho para estallar; la calentura que tenía yo entre mis piernas, adornadas con unas medias negras con calados y sujetas con un elegante liguero bordado del mismo color que resaltaba bajo el minúsculo delantal blanco. Yo gemía —como debe ser— al ritmo de palpitaciones imparables cuando reparé en la cabeza del mayor de los señoritos que asomaba por la puerta entreabierta de
Jorge —que ese es el nombre de aquel muchacho, hoy respetable padre de familia y abuelo, que todos envejecemos— tenía casi dieciséis años y el cuerpo desgarbado propio de su edad. Estoy segura de que el espectáculo no constituyó el nacimiento de su sexualidad y también lo estoy de que se deleitaba con asiduidad en los pecaminosos placeres solitarios o, si lo prefieren, se daba al onanismo; y me temo que van a llamarme pedante, pero la diferencia entre no serlo y parecer inculta es sutil y yo no lo soy tanto. A lo que me refiero es a que, hablando en un idioma que entenderán todos, se la machacaba como un mono a pesar de las amenazas de mil catástrofes tales como la aparición de granos, la posibilidad de secársele la médula, o la perdida irreparable de la potencia o la memoria; no en vano recibía una adecuada educación de colegio de frailes. Y eso no quiere decir que fuese un bicho raro —por lo de la masturbación, me refiero—, ya que me parece que lo que hacía es lo lógico en un macho adolescente. Otra cosa es que ni en sus más calenturientos delirios hubiese soñado con algo semejante a lo que vio.
Cuando regresó a la cocina diez minutos más tarde, después de haber pasado por el baño y por su habitación, no dio muestras de haber visto nada. Le explicó a su madre que no se encontraba bien del estómago y que no se había quedado a comer en el colegio, y eso fue todo. Sin embargo, a partir de aquel día un brillo especial aparecía en sus ojos cada vez que a la hora de la comida su mirada se marchaba impenitente hacia la prominencia de mis tetas, perseguía imantada mi culo o intentaba llegar más arriba de lo que dejaba a la vista mi falda cuando ascendía las escaleras o me ponía de puntillas para alcanzar algún punto demasiado alto para mi corta estatura.
Continuará…
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