domingo 7 de marzo de 2010

XVII - Almejas a la pescadora y choto al ajillo (parte I)


(Nota inicial: Estos son unas memorias, ya lo saben, así que, si su intención es seguirlas, quizá lo mejor sea hacerlo desde un principio —aunque cada cual es libre de leer cómo le place—. Para ello disponen de los archivos de este blog, donde se encuentran todos los capítulos anteriores, ya que no existen más entradas que las destinadas a transcribir las memorias que en su día Rosa dictó a una grabadora.)
Una mañana de principios de abril de 1996 mi hijo se coló en casa temprano, me preparó el desayuno y me lo llevó a la cama. No voy a mentirles, me sorprendió. «Estoy enamorado de Jesús, quiero que lo sepas. Si pudiera, me casaría con él», me dijo. Le pregunté con ironía si eso significaba que iba a obligarme a montar una ceremonia de pedida de mano, y se echó a reír. «Menos mal, porque no tengo claro a quién le corresponde pedir la mano y a quién ser la pedida». Nos besamos, no supe que otra cosa hacer o decir. Jesús me caía bien: era educado, atento, un par de años mayor que Alberto, aunque no lo pareciera, listo, un lince para las cosas prácticas, y lo único malo es que me trataba con el cariño que se dispensa a una simpática suegra y eso me hacía sentir lo que ya era, vieja.
Apenas hacía un mes que los del Partido Popular habían ganado las elecciones y los socialistas comenzaban a purgar sus culpas, sus corrupciones y su guerra sucia contra el terrorismo. Me di cuenta de que ya nada era como antes, ni en España ni en mí. Y ahora, al dictarle esto a la grabadora, lo vuelvo a ver; es casi tan estúpido que les hable de Franco, del oro de Moscú y de la España de los cincuenta, por ser la prehistoria; como que lo haga de Roldan, del Gal y de otros galimatías, porque apenas sucedió ayer, aunque a veces eso también parezca la prehistoria. En fin, lo cierto es que llegué a Madrid con dieciocho años, tuve un hijo con veintiocho, me casé con cuarenta y dos y allí estaba, con cincuenta y cinco años, separada, compartiendo mi vida con una mujer, la cama con una colección de ambos sexos y dando mi bendición a la boda de mi hijo; que Alberto fuera a cumplir veintiocho años y que el futuro cónyuge fuese un hombre era lo de menos.
Cuando se lo conté a Sonia un par de horas más tarde, me miró extrañada. «No me ha dicho nada», dijo. Le repliqué que ya era hora de que me enterase de algo antes que ella y le pregunté qué tal le iba con la sustituta de la actriz, una joven cantautora candidata al éxito. «Lo hemos dejado, me aburría, todas lo hacen, debo de estar haciéndome vieja». La besé en la boca y no dije nada, no me pareció oportuno darle la razón; tenía cuarenta y siete años, no era ninguna cría. «Lo del niño, tendremos que celebrarlo de alguna manera, ya se me ocurrirá, ahora me voy a ver cómo van las obras del local», concluyó y como supondrán el niño era Alberto.
Por entonces mi vida había vuelto a la rutina, dedicaba más tiempo al restaurante, solía terminar el día tomando una copa en El Ropero y, aparte de Jorge que regresó encantado a mi cama cuando acabé con Alejandro y de alguna noche de melancolía junto a Sonia, poca jarana le daba al cuerpo y él tampoco la exigía, quizá agradecido a que lo dejara descansar. Nuestra economía iba bien, incluso muy bien: El Canario y El Ropero no dejaban de sorprendernos, ambos gobernados por Sonia y por mí y, cada vez más, por Alberto que había asumido la cocina del restaurante como propia, aunque me permitiera aparecer por allí y jugar a ser la dueña. Alejandro había recobrado a pulso y con intereses su posición de socio en La Inspiración de la Armonía, y se dedicaba en cuerpo y alma a aquello en que era único; cocinar. Sonia y yo teníamos una docena de viviendas en el barrio, en su mayoría alquiladas; además de los dos áticos en que vivíamos, de varios locales comerciales y de un edificio en fase de restauración que pensábamos vender, reservándonos un par de locales y alguna plaza de garaje, pues los precios en el barrio invitaban a ello. El negocio inmobiliario había ido creciendo casi sin querer, la gente sabía que Sonia siempre estaba dispuesta a comprar y que pagaba bien aunque en los edificios existieran inquilinos con rentas bajas y antiguas. Nunca desalojamos a nadie, y con aquella capacidad negociadora que Sonia utilizó para adquirir nuestra primera casa, se las seguía ingeniando para que los ancianos se trasladaran de un piso a otro, e incluso de edificio, para poder realizar obras y recuperar la inversión con las ventas necesarias. Por eso no era extraño que las ofertas llegaran al restaurante como algo natural, y hacía tiempo que ni en bancos ni en estudios de arquitectos ni entre los contratistas o maestros de obra extrañaba la presencia de Sonia y ninguno se atrevía a discutir sus acertados juicios. Todo el mérito era de ella y yo no hubiera exigido parte en aquel negocio en el que apenas tenía opinión salvo en el gusto que ambas compartíamos por la decoración; pero cada nueva compra iba a parar, en compañía del resto de nuestro patrimonio y sin posibilidad de discusión, a Degeneradas Holding, que fue como se le ocurrió llamar, como un guiño a nuestra vida y a una de sus actrices favoritas, a la sociedad patrimonial que creamos a principios de los noventa al objeto de pagar menos impuestos, único motivo por el que dejó de exigir mi presencia en el notario en cada nueva compra. A mí el dinero, como a muchos de los que no tienen falta de él, no me importa. Creo que con eso no sorprendo a nadie, salí de mi pueblo sin un céntimo, pero sin que me faltara nunca un plato con el que engañar el hambre, y desde entonces no he hecho otra cosa que ir incorporando con naturalidad nuevos manjares a ese mismo plato. Con eso me ha alcanzado, quizá hasta ahora que me veo cerca del final, pero creo que me pierdo de nuevo.
Lo único que quería aclararles es que, además, hemos tenido suerte y el barrio, en lugar de verse aquejado por el abandono y las vandálicas costumbres que tanto daño han hecho a otros, se ha visto revalorizado de resultas de la lucha por la normalidad de aquellos a los que les trae sin cuidado el genero del nombre del contrario en sus relaciones sexuales, o que prefieren que, puestos a elegir, la cosa sea de genero similar al del suyo propio. Claro que Sonia, que desde hace años milita con ahínco y presencia pública en el colectivo de homosexuales y lesbianas, también ha tenido que ver en ello. Por eso, y retomando el hilo, cuando se marchaba de casa aquel día se detuvo en el gesto de cerrar la puerta y me dijo que ya tenía nombre para el nuevo negocio: Labrys, y yo pensé que aquello tendría algún significado; con Sonia todo lo tiene. Ahora me doy cuenta de que aún no se lo he preguntado. La aventura en cuestión es un café librería, al estilo de los que existen en Estados Unidos e imagino que en otros lugares que desconozco. A pesar de que nos costó dinero durante dos o tres años, también es un éxito. Aguantamos porque podíamos hacerlo y por orgullo, por no dar la razón a los que opinaron que era un suicidio anunciarlo expresa y explícitamente dirigido a bolleras y maricones, que es lo que decía más de uno. En esos días, esa complicada empresa era su última pasión porque era la pasión de Aurora, una mujer de treinta y tantos años, de verbo brillante, de maneras suaves y tiernas, preciosa cara, pelo muy corto, y cuerpo y aspecto de leñador, que aún visita su cama de vez en cuando y que tuvo genitales suficientes como para cantar a los cuatro vientos su condición sexual a plena luz del día. Aunque eso fuera hace nada, no fue fácil, no se engañen.
Entrado el mes de julio, varias semanas después de la sonada inauguración de Labrys en la misma plaza de Chueca, a Sonia se le ocurrió cómo celebrar la boda de nuestro hijo, el posesivo no es casual. «El domingo nos vamos a Almería, los negocios pueden vivir unos días sin nosotras. Tú, si te apetece, te puedes quedar más tiempo, un par de semanas, después te necesito en Madrid, Alberto y Jesús se van de luna de miel a Escocia», me dijo y yo me dejé llevar, con ella siempre es lo más fácil. Lo único que impuse es que haría el viaje en avión y Sonia no se molestó en discutirlo, sabe que no me gustan los coches si puedo evitarlos; ni siquiera tengo carné, nunca tuve interés en conducir.
Regresaba a Almería muchos años después de la última vez, todos los años transcurridos desde mi marcha de casa de doña Adela, y lo cierto es que antes tampoco conocía bien la provincia y apenas recordaba la única vez que estuve en las playas de cabo de Gata, allá por el principio de los años sesenta.
«¿Te gusta?», me preguntó Lucía después de enseñarme el que fue humilde cortijo y las pequeñas casas que lo rodeaban. A lo lejos el mar se adivinaba en el horizonte y un fuerte olor a jazmín subía desde el jardín hasta el balcón del piso superior de la casa grande. Me gustaba, era un lugar precioso y primitivo. Igual que desde que la vi al llegar, como si fuera la primera vez que la veía y aunque no fuese cierto, me gustaba Lucía. Trabajaba como dietista y encargada sanitaria en Frickatering, nombre que, como resultado de uno de los juegos de Sonia, sirvió para bautizar la sociedad que fundamos entre Degeneradas Holding, mi hijo Alberto y Jesús, que se dedicaba a las comidas por encargo. Ella era la responsable de la dieta de más de mil niños de distintos colegios de Madrid, cuya alimentación constituía una parte importante de los ingresos de la firma junto con la preparación de banquetes, cócteles de empresas y otros eventos. La idea primitiva de aquel negocio había sido de los chicos y Sonia se sumó encantada aportando el capital. Ahora era Jesús quien la dirigía y Lucía, además de un sueldo acorde a su responsabilidad, también tenía su participación. La pequeña hacienda era suya y de su marido, Orlando, que era periodista. Cuando la compraron no era más que una ruina, y hacía poco que habían concluido la reforma de todas las construcciones que contenía. Estaban de vacaciones y estuvieron encantados de celebrar allí la despedida de soltero y una teatral boda para mi hijo. A aquella locura, además de los novios, estaba previsto que asistieran Alejandro y Silvia, por entonces su novia y la mujer con la que mi ex se casó un año después: un cielo, no puedo negarlo. Los padres de Jesús; Sonia y Aurora; cuatro amigos de Alberto que yo sólo conocía de vista; nuestros anfitriones; un amigo de ellos, Mario, que vivía en Mojacar, era pintor y estaba destinado a ser mi pareja, y yo misma.
Era sábado, el sol caminaba hacia poniente abrasador y faltaban varias horas para que el frescor de la noche invitase a salir de las sombrías habitaciones. De momento yo era la única invitada ya que los demás llegarían al día siguiente, yo me había adelantado. «Descansa, duerme un rato si te apetece, toma un baño relajante o date un chapuzón en la piscina, o las dos cosas, y cuando quieras ven a la casa grande. Cenaremos a las diez, en el jardín», me dijo Lucía y la vi alejarse por el borde de la piscina.
Toda la construcción se hallaba en el centro de la finca y yo ocupaba una habitación de las dos existentes en la edificación más pequeña que se alzaba en la parte derecha. La decoración era sobria, sin adornos inútiles: paredes encaladas, un armario de madera tosca, un colchón apoyado sobre una tarima de madera, un poyete de obra que hacía las veces de cabecero y mesillas de noche, y cuatro jarapas de las mismas que hace años se usaban de tendales para recoger la aceituna y de alfombras, lo mismo que aquí eran tres de ellas, la otra, más vistosa, estaba colgada como tapiz en la pared del cabecero. Además, adosado a una de las paredes, había un pilón que imagino en su día sirvió para alimentar a las caballerías y que los esposos habían reciclado en impresionante bañera.
Una vez desecho el equipaje, opté por la piscina. No había nadie en ella y no encontré motivo para no bañarme desnuda. El agua, después de horas de insolación, estaba tibia. Nadé varios largos y salí fuera. Mientras me secaba, descubrí a Orlando observándome desde una ventana. Me envolví en la toalla y caminé hasta la habitación. Me dejé caer en la cama y me sumergí en una larga siesta. Cuando desperté, el sol apenas era un disco rojo tras las montañas. Tomé un largo baño aromatizado con aceites en el antiguo abrevadero y, mientras anochecía, me perfumé con moderación, me coloqué un vestido de lino salvaje sin nada debajo, unas sandalias planas de cuero y, sin más adornos, dispuesta para la cena, me encaminé a la casa grande bordeando la piscina que resplandecía iluminada desde su interior. Mis anfitriones, en compañía de un desconocido, se atareaban en dar los últimos toques a la decoración del jardín: una mesa adornada con flores y abundantes velas repartidas entre candelabros de pie, palmatorias y faroles de porcelana de Nijar suspendidos de la pérgola que formaba el porche. Con la noche, el olor a jazmín era más intenso. Se volvieron hacía mi y Lucía me presentó a Mario: alto, fuerte, pasados los cincuenta y cinco, y con una abundante melena gris recogida en una coleta. Después del saludo, se interesó por mi viaje. Reconocí que me encontraba en la gloria; repuesta y hambrienta. El aroma a comida llegaba desde el interior y me había abierto el apetito.
Continuará…

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