sábado 13 de junio de 2009

X - Sopa mulligatawny (parte III)

(Nota inicial: Estos son unas memorias, ya lo saben, así que, si su intención es seguirlas, quizá lo mejor sea hacerlo desde un principio —aunque cada cual es libre de leer cómo le place—. Para ello disponen de los archivos de este blog, donde se encuentran todos los capítulos anteriores, ya que no existen más entradas que las destinadas a transcribir las memorias que en su día Rosa dictó a una grabadora.)

La sopa recibe el nombre de mulligatawny, un plato originario de la India, que era una simple sopa de carne sazonada con curry cuando la adoptaron como suya los ingleses a su llegada al país. La traducción literal de su nombre es «agua de pimienta». Existen varias versiones del plato, cuya variante principal es la carne utilizada en la receta. La que más le gustaba a Alice era una a base de pollo muy apreciada en Australia. Desconozco el motivo de ese aprecio. Para realizarla se necesita un pollo tierno, una cebolla, un manojo de hierbas finas, una hoja de laurel, cuarenta gramos de mantequilla, setenta y cinco gramos de tocino ahumado, cuatro tomates, cuarenta gramos de harina, una cucharada de curry, ciento veinticinco mililitros de nata, un poco de pimienta de Cayena y sal.

Alice fue mi maestra la primera vez que la preparé, una semana más tarde de la fiesta, cuando ya me había instalado en la casa como su ayudante. Hay que poner el pollo en agua ligeramente salada, la cebolla, las hierbas y el laurel, y cocer hasta que se haga. Después se separa la carne, para cortarla en tiras finas, y se cuela el caldo. A continuación freímos en mantequilla los tomates, sin piel y partidos en trozos, junto con el tocino ahumado. Luego se le añade la harina revolviendo bien y se va añadiendo el caldo poco a poco. Luego se deja cocer durante quince minutos, se añaden las tiras de carne de pollo, se sazona con curry y Cayena, y se refina con la nata.

A mí lo de freír en mantequilla no me hace gracia, pero la receta es así, aunque yo la he hecho con aceite, e incluso sin nada, con la grasa que suelta el tocino. Para acompañar se puede usar arroz blanco o picatostes — trozos de pan frito—, que era allí lo habitual.

No sé por qué Alice me ofreció esa especie de puesto de confianza; si en un principio creí que se debía a que se había prendado de mis encantos, no tardé en descubrir, salido de sus propios labios, que en sus gustos no se encontraba liarse con otras mujeres, una variante sexual que repelía de forma especial. Me lo dijo una mañana al descubrirme mirándola con ojos que expresaban más que admiración por su cuidado y musculoso cuerpo.

Alice Curzon tenía cuarenta años, dos ex maridos y dos hijos, uno de cada ex y de cada sexo. Los niños estaban internos en dos colegios de Londres, como correspondía a alguien de su clase. Hija única, sus padres habían fallecido en un accidente de avioneta en Kenia, destino de su padre después de haber servido como diplomático en la India, China y otros lugares exóticos. Entre la herencia y las pensiones de divorcio su renta era considerable, tanto como para llevar aquella vida de dispendios.

Fue un año tumultuoso y confuso, vivido con la prisa de un condenado. Alice y yo mantuvimos una relación ambigua, ella se divertía arrastrándome a practicar una sexualidad cada vez más salvaje y depravada, y luego se sentía herida por ello o tal vez molesta porque no logró que la imitase en el consumo de la diversidad de sustancias que, en resumen, servían para perder la conciencia. Me gusta disfrutar de lo que hago y para eso se necesita estar consciente.

Aquella vida, que hoy sé plagada de peligros y que en mi situación de convaleciente podría haber sido el camino perfecto para mi perdición, me sirvió, sin embargo, para recuperar las ganas de vivir y para descubrir en la paradoja de aquel apartado lugar de belleza lujuriosa y eterna primavera que el mundo era más grande que la España en que vivía, ésa tan diferente como el eslogan que la promocionaba fuera de sus fronteras. Pero al final acabó, justo el día que descubrí que me importaba mucho más lo que había dejado en Madrid que la locura de excesos a la que entregaba mi tiempo.

Como todos los finales, aquél se presentó sin avisar. Hacía unas semanas que habíamos celebrado el aniversario de nuestra asociación, y lo habíamos hecho con una de esas fiestas que imagino famosas en diversos lugares del mundo y renombradas en aquella pequeña ciudad. Era una mañana preciosa, el sol calentaba con la fuerza del otoño en el trópico, aunque la estación estuviera muy avanzada, y Alice y yo nos bronceábamos desnudas al borde de la piscina. «Se diría que eres más puta que yo, incluso te tiras a James en cuanto me descuido», me dijo en un tono arrabalero que contrastaba con su educación exquisita, aunque el fondo de la frase era cierto, y no era la primera vez que me acostaba con el oscuro mayordomo herencia de su pasado africano. El tipo era un buen amante, mejor que la mayoría de los jovenzuelos que mosconeaban a nuestro alrededor. No por esa dotación extraordinaria de la que se dice hacen gala los de su raza, sino por la dulzura y maestría de sus caricias. No deseaba discutir con ella. así que permanecí en silencio. Hacía días que le había confesado que presentía llegado el momento de mi marcha y no le hizo gracia; no entendía cómo podía ser tan ingrata con su generosidad en retribuir mi tiempo en libras esterlinas.

Como la niña mimada que era, Alice no podía ver impertérrita cómo se contrariaban sus deseos e ideó un nuevo modo de retenerme y, de paso, satisfacer su insaciable ansia de sensaciones fuertes. Una semana más tarde, nos encerramos en nuestras habitaciones a las ocho de la tarde, recién salidas de un baño de espuma, perfumadas y dispuestas a satisfacer al mayor número posible de hombres hasta las ocho de la mañana del día siguiente. El premio para ella, si resultaba la ganadora, era un nuevo año de mi tiempo; para mí, quince mil libras. Creo innecesario decirles que eso era mucho dinero, aunque para ella fuera uno más de sus caprichos. Las reglas eran sencillas; cada hombre debía eyacular antes de salir de la habitación y alternativamente gozarían de las dos, de forma que, siempre que nuestra velocidad lo hiciera posible, cada una estrenaría a uno de ellos. Recibir al que te llegaba de segundo plato era lo que requería más esfuerzo. Lo que hiciéramos para lograr el objetivo era cosa nuestra. No había más testigos del cumplimiento de la condición que los propios interesados a los que se les suponía unos caballeros. Para recuperar fuerzas, habíamos preparado una inmensa cacerola de mulligatawny bien sazonada, disponíamos de bebida en abundancia e imaginé que Alice no se privaría de utilizar otras sustancias.

Desconozco de dónde salió tanto voluntario, y me consta que se hizo una selección que descartó a los más viejos y a los de aspecto más desagradable; Alice no pretendía que aquello la obligara a fornicar con cualquiera. Fueron doce horas agotadoras y la competencia feroz. James nos informaba cada hora de cómo iba el resultado y durante once de ellas éste no fue otro que un riguroso empate. Aún recuerdo al último de los invitados a aquella prueba digna de la mítica Mesalina; era joven, no más de veinticinco años, y luego me enteré de que era pescador. Tenía el cuerpo bello, cincelado por su trabajado, pero una cara requemada por el sol y una mirada bobalicona le quitaba todo encanto. Como era norma, entró desnudo. Me decidí por aplicarle una felación. Lo tumbé en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera para que pudiera apreciar bien mi labor, y me coloqué dejando a su alcance mis pechos y mis nalgas. Mientras me comía su verga, sentí una de sus rugosas manos entre mis piernas presta a acariciar mi coño y a la otra amasar uno de mis pechos. No lo hacía mal, a pesar de mi abotargamiento, me excitó, y aquello me ayudó a que el ritmo de mi boca se acompasara a las sensaciones que percibía en su cuerpo. No tardó ni un minuto más en correrse dejándome su semen como alimento. Hacía el número setenta y tres. Alice no logró terminar con el que representaba ese mismo número antes de que entrase James en la habitación comunicándonos que el tiempo había pasado. No puedo decir que se lo tomara muy deportivamente a juzgar por sus palabras: «Toma, te lo has ganado, eres mucho más puta de lo que creía», y me tiró un cheque a la cama. Si pretendía molestarme, no lo logró; para mí esas mujeres siempre han sido muy respetables, como imagino que ya les habré dicho, y no era la primera vez que me comparaban con ellas. Además, aquella estúpida competencia puede ser tildada de auténtica prostitución, no lo niego, pero aunque parezca increíble yo no me sentí como una puta. Lo cierto es que llegar al extremo de participar en aquello supuso el final y, sobrepasado éste, me sentí libre, autorizada a marcharme sin remordimientos.

Salí de la casa aquella misma mañana. Regresé al hotel que había dejado hacía más de un año, alquilé una habitación y me encerré a dormir durante dos días seguidos. Después me sentí yo misma de nuevo. Llamé a Madrid y le comuniqué a Sonia que regresaba a casa. «Te echamos de menos, me alegra oírte decir eso», me dijo.

No he vuelto a Canarias, sólo el azar hizo que muchos años después alguien me hablara de Alice. Fue un cliente griego que frecuentó el que fue el bar del Canario y en ocasiones mi cama. Por entonces, el bar sólo mantenía de lo que fueron sus orígenes el nombre en honor de su fundador y era un restaurante próspero que cimentaba su fama en una cocina con una sabía combinación de lo creativo y lo tradicional. Y mi cama era lo que ha sido siempre, tierno cobijo de degenerados. Miguel, que si no me equivoco era su nombre, había tenido una peletería en el Puerto de la Cruz y se quejaba con amargura de la situación por la que atravesaba el sector desde que los ecologistas habían decidido que tener abrigos de pieles era algo reprobable y de mal gusto. Una noche, después de follar juntos, la conversación derivó y me encontré contándole alguno de los detalles de mi viaje a Canarias, sacados de entre los que consideré menos escabrosos. Así me enteré de que también conocía a Alice y por él supe que vivía encerrada en la última planta de su casa convertida en cárcel; habían llenado de rejas las ventanas y atrancado la puerta de acceso. Como cancerbero ejercía un matrimonio, últimos guardeses de la finca. La mujer era la que se encargaba de ella; le pasaba un plato de comida por una trampilla de la puerta y entraba a asearla cuando el olor era insoportable. Estaba demente y la dominaba un genio explosivo, gritaba sin parar y oírla resultaba aterrador. Miguel la había conocido mucho antes, tal vez poco tiempo después de mi marcha de la isla, ella aún estaba en sus cabales. Luego comenzaron los rumores de que estaba perdiendo el juicio, ella misma dejó de dar aquellas extravagantes fiestas y se fue recluyendo allí. Él había vuelto a la casa porque se enteró de que estaba en venta y, antes de hacer una oferta, quiso comprobar su estado creyéndola deshabitada. Para su horror se encontró con aquello. Los hijos querían deshacerse de la propiedad y la vieja terminaría en cualquier asilo o en algún psiquiátrico. Según los individuos que la mal cuidaban con el único fin de no perder una buena renta y la casa que ocupaban en un extremo de la finca, los hijos hacía años que no pisaban por allí. Los guardeses eran viejos y cada vez estaban más cansados de la situación, por eso mostraban más empeño en la venta; confiaban cobrar una buena comisión y que les escrituraran a su nombre, como les habían prometido, la casa que ocupaban.

No puedo decir que Alice y yo fuéramos como hermanas, la verdad es que nuestra relación fue extraña, aunque quizá no más grotesca que el resto de su vida, y terminó en una abierta rivalidad. A pesar de todo, sentí de verdad que le hubiera pasado aquello, aunque sus excesos con las drogas y el alcohol justificaran sus males. No he vuelto a saber de ella; tampoco lo he intentado.

Continuará…

miércoles 3 de junio de 2009

X - Sopa mulligatawny (parte II)

(Nota inicial: Estos son unas memorias, ya lo saben, así que, si su intención es seguirlas, quizá lo mejor sea hacerlo desde un principio —aunque cada cual es libre de leer cómo le place—. Para ello disponen de los archivos de este blog, donde se encuentran todos los capítulos anteriores, ya que no existen más entradas que las destinadas a transcribir las memorias que en su día Rosa dictó a una grabadora.)

 

En tres meses apenas me levanté de la cama, incluso asearme me costaba un esfuerzo sobrehumano. No me ocupaba de Alberto ni de la casa ni de los negocios. Sonia se vio obligada a contratar un cocinero y a estirar su jornada hasta el agotamiento. No se quejó, de su boca no salió un reproche. Una mañana, mientras yo seguía en la cama negándome a enfrentar un nuevo día, entró en la habitación, me besó y se sentó en el borde de la cama; luego, comenzó a hablar: «He hablado con el Canario, no sé si lo sabes; su madre vive en Tenerife, es muy anciana y teme no volverla a ver con vida. Ahora el negocio va bien, cada día mejor, podemos permitirnos contratar a alguien más. He decidido que te vas a ir con él a Canarias. A Alberto, verte así no le beneficia en absoluto, y si tú has decidido pudrirte lentamente, cuanto más lejos lo hagas será mejor para los que te queremos, al menos nos ahorrarás un penoso espectáculo. Es posible que esto sea una crueldad, pero es lo que pienso. Cuando llegues a Tenerife te instalarás en un hotel del Puerto de la Cruz y, mientras lo desees, todos los meses recibirás dinero suficiente para mantenerte allí. El resto es cosa tuya. Os vais mañana». No me dio ocasión de replicar, sólo hizo un breve silencio antes de pronunciar la última frase y después, igual que había entrado, salió de la habitación. A la mañana siguiente me encontré las maletas hechas y un taxi esperando en la puerta para llevarnos al Canario y a mí a la estación de Atocha. De allí fuimos a Cádiz en tren y de allí en barco hasta Tenerife.

El viaje no debió de resultar muy agradable para el hombre que me acompañaba. No recuerdo los días que duró la travesía, lo cierto es que me los pasé encerrada en el camarote. Anselmo, porque fue en el viaje donde me enteré de su nombre, me traía la comida y se la llevaba sin que apenas la hubiera tocado. A nuestra llegada me llevó hasta el hotel, me dejó instalada y me dio una dirección de Santa Cruz de Tenerife donde podría localizarlo si necesitaba algo. Él se encargaría de hacerme llegar el dinero cada mes durante los tres que tenía previsto estar en la isla, luego, ya veríamos.

El primer mes fue un infierno, me pasaba los días metida en la habitación, muchos de ellos en la cama, de forma que ni siquiera podían adecentarme la alcoba. Si yo no lo pedía, nadie me llevaba comida, así que estuve días enteros sin probar bocado. Llegó un momento en que parecía un cadáver y nunca he estado tan delgada. No puedo decir que aún estuviera llorando la muerte de Pancracio; era yo misma la que quería morirme. Hasta que una mañana decidí que ya estaba bien, que era una imbécil e injusta con la vida y con los que me querían. Me duché, bajé a desayunar y, por primera vez, di una vuelta por la ciudad.

 El hotel estaba en el centro, muy cerca de la Plaza del Charco, el olor a mar y el calor del sol me devolvieron poco a poco la vida. Durante los días que siguieron me acostumbré a dar largos paseos a la orilla del impetuoso océano. Seguía confusa, no sabía qué rumbo quería darle a mi vida y la rutina de vivir me suponía un doloroso esfuerzo; pero estaba segura de que no me iba a dar por vencida y, por eso, llamé por teléfono a Sonia y se lo conté todo. «Me alegro, sigue ahí el tiempo que creas oportuno, lo que necesites para que la vida vuelva a tener sentido. Cualquier decisión que tomes será la adecuada. Por Alberto no te preocupes, te echa de menos y eso no es malo. En cuanto a mí, da igual lo que hagas, estoy resignada a quererte», me contestó luego de contarle cómo estaba y en sus palabras no había más que cariño y comprensión, como ha sido siempre, como espero que lo siga siendo.

Días Después, en uno de mis paseos, me crucé con un coche descapotable conducido por una mujer a la que acompañaba un hombre más joven que ella. Las dos íbamos distraídas y a punto estuvo de atropellarme. Detuvo el auto y, afectada, descendió a disculparse. Hablaba español con un fuerte acento que por falta de hábito no adiviné que era inglés. Le respondí que la culpable del incidente era yo y que por suerte no había pasado de un susto. Me dejó su tarjeta y, por cortesía, o al menos esa fue mi impresión, me dijo que aquella noche daba una fiesta en su casa para un grupo de amigos y que estaría encantada de que asistiera. Nos despedimos. Me quedé observando cómo se subía al coche y arrancaba de nuevo. Era rubia, llevaba la melena recogida con un pañuelo de seda y el cuerpo envuelto en un vaporoso vestido del mismo tejido. Parecía sacada de una foto de los años veinte. Me recordó a una imagen que había visto de Isadora Duncan, con la diferencia de que Isadora era morena. El rostro bronceado desmentía a su cuerpo enjuto y juvenil, y delataba que debía de estar a punto de entrar en los cuarenta si es que ya no lo había hecho. De todas formas, el resultado final era una belleza, si no clásica, exótica. En la tarjeta que me dio leí su nombre: Alice Curzon.

No fui a la fiesta. A los dos días me la encontré de nuevo. Salía a dar mi paseo matutino y ella estaba junto al mostrador de recepción. Me saludó y me reprochó que no hubiera asistido a la fiesta y luego siguió: «Mañana doy otra, aquí no hay mejor forma de divertirse. Si no vienes, me sentiré muy ofendida». Me pareció que no me quedaba otra alternativa; además, era hora de volver a mezclarme con la gente.

La casa de Alice Curzon era una construcción estrafalaria, de estilo victoriano y tejados de pizarra con buhardillas. Un caserón sobrado de habitaciones, con un enorme salón y una cocina digna de un restaurante. La vivienda estaba rodeada de un jardín de proporciones acordes, varias construcciones destinadas al almacenaje de herramientas y otros usos, y una piscina de considerables dimensiones con un kiosco en uno de sus extremos que servía de bar. Desde las ventanas delanteras se divisaba el mar, el mismo océano bravío y omnipresente que tanto me subyugaba.

Llegué un poco tarde, cinco o diez minutos, con la esperanza de que fuera suficiente para no ser de los primeros, pero me encontré con que ni siquiera la anfitriona estaba lista. Me recibió un criado negro; todos lo llamaban James, aunque no estoy segura de que fuese su nombre. Me dijo que podía andar por la casa o el jardín a mi antojo. Mientras me entretenía paseando alrededor de la piscina, se me acercó el mismo individuo que acompañaba a mi anfitriona en el coche la primera vez que la vi. Me pareció más joven y un par de frases fueron suficientes para comprobar dónde estaba el atractivo que ella encontraba en él. Luego apareció Alice envuelta en un indescriptible sari y, poco a poco, llegaron el resto de los invitados hasta completar una veintena.

Cuando llegó el postre me había hecho una idea clara de los gustos e intereses de aquel grupo. Entre todos debíamos de sumar seis nacionalidades y debo dar gracias a que todos hablaran español con más o menos soltura y fuese el idioma elegido para las conversaciones, de lo contrario, me hubiera aburrido; no me hubiese enterado de nada. Horas después de la cena, el idioma tenía poca utilidad. Allí se tomaba de todo, y la palabra todo jamás tendrá un significado más exacto.

Volví a ser una inocente paleta y nada cambiaba el que, en lugar de un perdido pueblo, hubiera llegado desde la capital de España. Permanecí un año en la isla y resultó insuficiente para averiguar si la falta de escrúpulos era moneda común a los isleños o patrimonio de aquel grupo de ociosos ajenos a todo lo que no fuera diversión, lujo, drogas, sexo y cualquier capricho que se les antojase. De algo sí estoy segura; de alguna forma, convivir con tanta extravagancia, e incluso vivir de ella, hacía que allí nadie se asustara de nada.

A las dos o tres de la mañana de aquel primer día de fiesta resultaba difícil saber qué era aquello, aunque la palabra que mejor lo define sea la de orgía, una de ésas a las que se entregaban los romanos con fruición: gente nadando desnuda en la piscina, otros follando por cualquier parte, en pareja, en grupo o en otra de las combinaciones posibles, y otros dormitando sus excesos. En mi caso tengo la impresión de que pasé por todos los estados, aunque sea incapaz de precisar más, pues mi inexperiencia me llevó a probar todas las sustancias que encontré a mi alcance y volé demasiado alto.

A una incierta hora de la mañana siguiente, James se acercó a cada uno de los invitados que fue encontrando y les entregó un tazón lleno de sopa. Cuando llegó a la gran colchoneta donde yo me encontraba y me desperté, descubrí que estaba desnuda, cubierta por un edredón, y abrazada a un apolíneo tipo del que no recordaba el nombre.      

 Continuará…

viernes 29 de mayo de 2009

X - Sopa mulligatawny (parte I)

(Nota inicial: Estos son unas memorias, ya lo saben, así que, si su intención es seguirlas, quizá lo mejor sea hacerlo desde un principio —aunque cada cual es libre de leer cómo le place—. Para ello disponen de los archivos de este blog, donde se encuentran todos los capítulos anteriores, ya que no existen más entradas que las destinadas a transcribir las memorias que en su día Rosa dictó a una grabadora.)

 

Gracias a las influencias de doña Adela, Alberto lleva como primer apellido el de Sonia. Como otras veces, tampoco sé cómo lo lograron; me pareció una grosería preguntar. Ella estuvo y está encantada de que así sea y Jorge fue quien se encargó de todo con su madre. El día del bautizo, volví a ver a mi señora; siempre lo será, hasta en el recuerdo. Estuvo en la iglesia, pero no se quedó a la comida que dimos en el bar del Canario. Seguía teniendo un cuerpo impresionante y una presencia distinguida, pero me pareció triste y sólo cuando hablaba de sus nietos se le iluminaba la mirada. Al despedirnos, me tomé la libertad de besarla en los labios y de abrazarla. No rehuyó el gesto, incluso prolongó el abrazo más de lo que yo hubiera sido capaz. «Tenía entendido que te habías convertido en toda una mujer, me alegra comprobar que Jorge se quedaba corto. Te agradezco que no hayas intentado retenerlo. Me temo que te hubiera sido fácil», me dijo. Le contesté que en la vida haría nada que pudiera hacer daño a su familia y que si alguna vez quería que lo dejase de ver sólo tenía que decírmelo. No le mentía, por eso mi alegría fue mayor cuando me contestó que al contrario, que nadie mejor que yo para ser la amante de su hijo. «Los hombres rara vez son de una sola mujer». Fueron sus últimas palabras antes de darme un nuevo beso y de marcharse junto a su hijo, que la esperaba en el coche. La comida me supo triste, no porque no apreciara a los asistentes, sino porque añoré a los ausentes, incluido Pancracio, que debió ser uno de los protagonistas y, sin embargo, lo ignoraba todo.

Alberto fastidiaba, de hecho no dejó de fastidiar durante los tres primeros meses que se pasó llorando, comiendo y engordando, y sin concederle espacio en su incipiente vida a un sueño que por su duración mereciera ese nombre. Todo con regularidad exasperante. Luego mejoró, pero hasta hoy, aparte de ser imprescindible en mi vida, adorable y cariñoso como nadie cuando quiere, no ha dejado de ser un fastidio. 

Lo que vino a continuación fueron unos años de rutina feliz y de actividad frenética. Alberto creció y Sonia resultó algo más que una buena tía. Trabajábamos sin descanso, como predijo Sonia, la gente deseaba divertirse, y la tasca marchaba de maravilla, tanto que en cuanto surgió la oportunidad nos quedamos con el local contiguo, grande y destartalado, y ampliamos el negocio convirtiéndolo por la noche en tablao flamenco. Siempre que la ocasión fue propicia, el cuerpo de baile fue cuerpo del delito, del bello delito del placer. No todo iba a ser trabajar, que ya saben que yo de natural soy vaga.

Una noche, cuando salía de la cocina un gitano joven, después de haberse comido con hambre atrasada el manjar de mi entrepierna, o sea, la almeja, siempre el dichoso molusco, y cuando yo aún no me había recuperado del palmeo de la susodicha, aunque suene a broma dada la profesión de mi amante, entró Sonia. Nada más ver su cara, supe que no ocurría nada bueno. No me dejó tiempo para terminar de vestirme. «Está aquí Carlos, lo ha enviado doña María. Esta mañana han enterrado a Pancracio. Dice que a ella le ha parecido que debías saberlo». No respondí, ni siquiera sé cómo llegué hasta la casa de la calle de la Ballesta. Doña María me recibió como si me estuviera esperando y me contó lo ocurrido sin necesidad de que hiciera preguntas. Pancracio había muerto de cáncer; tenía destrozado el pulmón. Desconocía desde cuándo lo sabía él, aunque sospechaba que se lo había estado ocultando a todo el mundo hasta que su debilidad fue evidente. La última semana la había pasado en la cama y su hija no se había separado de su lado. No me podía decir nada más. «Estuve a punto de avisarte antes, pero tú fuiste muy clara cuando me dijiste que era mejor para todos que no volvieras a ver a Pancracio. Si me he equivocado, lo siento». No le reproché nada, no tenía derecho. Ni siquiera estaba segura de la conveniencia de haberme presentado allí con su hija presente. Volví a casa llorando y seguí llorando con la misma tozudez con que lo había hecho mi hijo cuando era un bebé.

Alberto acababa de cumplir tres años y había perdido a su padre para siempre. Puede que a mí eso me facilitara las cosas, pues no tendría que mentirle o contarle una verdad que sería difícil de entender para un niño, pero yo había perdido a alguien muy valioso, lo había hecho dos veces y ésta era la definitiva. Me hundí. Tal vez aquella muerte fue el detonante, pero no estoy segura de si eso es explicación suficiente, si por sí solo excusa la profundidad del agujero en que caí.     

 Continuará…