(Nota inicial: Estos son unas memorias, ya lo saben, así que, si su intención es seguirlas, quizá lo mejor sea hacerlo desde un principio —aunque cada cual es libre de leer cómo le place—. Para ello disponen de los archivos de este blog, donde se encuentran todos los capítulos anteriores, ya que no existen más entradas que las destinadas a transcribir las memorias que en su día Rosa dictó a una grabadora.)
La sopa recibe el nombre de mulligatawny, un plato originario de
Alice fue mi maestra la primera vez que la preparé, una semana más tarde de la fiesta, cuando ya me había instalado en la casa como su ayudante. Hay que poner el pollo en agua ligeramente salada, la cebolla, las hierbas y el laurel, y cocer hasta que se haga. Después se separa la carne, para cortarla en tiras finas, y se cuela el caldo. A continuación freímos en mantequilla los tomates, sin piel y partidos en trozos, junto con el tocino ahumado. Luego se le añade la harina revolviendo bien y se va añadiendo el caldo poco a poco. Luego se deja cocer durante quince minutos, se añaden las tiras de carne de pollo, se sazona con curry y Cayena, y se refina con la nata.
A mí lo de freír en mantequilla no me hace gracia, pero la receta es así, aunque yo la he hecho con aceite, e incluso sin nada, con la grasa que suelta el tocino. Para acompañar se puede usar arroz blanco o picatostes — trozos de pan frito—, que era allí lo habitual.
No sé por qué Alice me ofreció esa especie de puesto de confianza; si en un principio creí que se debía a que se había prendado de mis encantos, no tardé en descubrir, salido de sus propios labios, que en sus gustos no se encontraba liarse con otras mujeres, una variante sexual que repelía de forma especial. Me lo dijo una mañana al descubrirme mirándola con ojos que expresaban más que admiración por su cuidado y musculoso cuerpo.
Alice Curzon tenía cuarenta años, dos ex maridos y dos hijos, uno de cada ex y de cada sexo. Los niños estaban internos en dos colegios de Londres, como correspondía a alguien de su clase. Hija única, sus padres habían fallecido en un accidente de avioneta en Kenia, destino de su padre después de haber servido como diplomático en
Fue un año tumultuoso y confuso, vivido con la prisa de un condenado. Alice y yo mantuvimos una relación ambigua, ella se divertía arrastrándome a practicar una sexualidad cada vez más salvaje y depravada, y luego se sentía herida por ello o tal vez molesta porque no logró que la imitase en el consumo de la diversidad de sustancias que, en resumen, servían para perder la conciencia. Me gusta disfrutar de lo que hago y para eso se necesita estar consciente.
Aquella vida, que hoy sé plagada de peligros y que en mi situación de convaleciente podría haber sido el camino perfecto para mi perdición, me sirvió, sin embargo, para recuperar las ganas de vivir y para descubrir en la paradoja de aquel apartado lugar de belleza lujuriosa y eterna primavera que el mundo era más grande que
Como todos los finales, aquél se presentó sin avisar. Hacía unas semanas que habíamos celebrado el aniversario de nuestra asociación, y lo habíamos hecho con una de esas fiestas que imagino famosas en diversos lugares del mundo y renombradas en aquella pequeña ciudad. Era una mañana preciosa, el sol calentaba con la fuerza del otoño en el trópico, aunque la estación estuviera muy avanzada, y Alice y yo nos bronceábamos desnudas al borde de la piscina. «Se diría que eres más puta que yo, incluso te tiras a James en cuanto me descuido», me dijo en un tono arrabalero que contrastaba con su educación exquisita, aunque el fondo de la frase era cierto, y no era la primera vez que me acostaba con el oscuro mayordomo herencia de su pasado africano. El tipo era un buen amante, mejor que la mayoría de los jovenzuelos que mosconeaban a nuestro alrededor. No por esa dotación extraordinaria de la que se dice hacen gala los de su raza, sino por la dulzura y maestría de sus caricias. No deseaba discutir con ella. así que permanecí en silencio. Hacía días que le había confesado que presentía llegado el momento de mi marcha y no le hizo gracia; no entendía cómo podía ser tan ingrata con su generosidad en retribuir mi tiempo en libras esterlinas.
Como la niña mimada que era, Alice no podía ver impertérrita cómo se contrariaban sus deseos e ideó un nuevo modo de retenerme y, de paso, satisfacer su insaciable ansia de sensaciones fuertes. Una semana más tarde, nos encerramos en nuestras habitaciones a las ocho de la tarde, recién salidas de un baño de espuma, perfumadas y dispuestas a satisfacer al mayor número posible de hombres hasta las ocho de la mañana del día siguiente. El premio para ella, si resultaba la ganadora, era un nuevo año de mi tiempo; para mí, quince mil libras. Creo innecesario decirles que eso era mucho dinero, aunque para ella fuera uno más de sus caprichos. Las reglas eran sencillas; cada hombre debía eyacular antes de salir de la habitación y alternativamente gozarían de las dos, de forma que, siempre que nuestra velocidad lo hiciera posible, cada una estrenaría a uno de ellos. Recibir al que te llegaba de segundo plato era lo que requería más esfuerzo. Lo que hiciéramos para lograr el objetivo era cosa nuestra. No había más testigos del cumplimiento de la condición que los propios interesados a los que se les suponía unos caballeros. Para recuperar fuerzas, habíamos preparado una inmensa cacerola de mulligatawny bien sazonada, disponíamos de bebida en abundancia e imaginé que Alice no se privaría de utilizar otras sustancias.
Desconozco de dónde salió tanto voluntario, y me consta que se hizo una selección que descartó a los más viejos y a los de aspecto más desagradable; Alice no pretendía que aquello la obligara a fornicar con cualquiera. Fueron doce horas agotadoras y la competencia feroz. James nos informaba cada hora de cómo iba el resultado y durante once de ellas éste no fue otro que un riguroso empate. Aún recuerdo al último de los invitados a aquella prueba digna de la mítica Mesalina; era joven, no más de veinticinco años, y luego me enteré de que era pescador. Tenía el cuerpo bello, cincelado por su trabajado, pero una cara requemada por el sol y una mirada bobalicona le quitaba todo encanto. Como era norma, entró desnudo. Me decidí por aplicarle una felación. Lo tumbé en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera para que pudiera apreciar bien mi labor, y me coloqué dejando a su alcance mis pechos y mis nalgas. Mientras me comía su verga, sentí una de sus rugosas manos entre mis piernas presta a acariciar mi coño y a la otra amasar uno de mis pechos. No lo hacía mal, a pesar de mi abotargamiento, me excitó, y aquello me ayudó a que el ritmo de mi boca se acompasara a las sensaciones que percibía en su cuerpo. No tardó ni un minuto más en correrse dejándome su semen como alimento. Hacía el número setenta y tres. Alice no logró terminar con el que representaba ese mismo número antes de que entrase James en la habitación comunicándonos que el tiempo había pasado. No puedo decir que se lo tomara muy deportivamente a juzgar por sus palabras: «Toma, te lo has ganado, eres mucho más puta de lo que creía», y me tiró un cheque a la cama. Si pretendía molestarme, no lo logró; para mí esas mujeres siempre han sido muy respetables, como imagino que ya les habré dicho, y no era la primera vez que me comparaban con ellas. Además, aquella estúpida competencia puede ser tildada de auténtica prostitución, no lo niego, pero aunque parezca increíble yo no me sentí como una puta. Lo cierto es que llegar al extremo de participar en aquello supuso el final y, sobrepasado éste, me sentí libre, autorizada a marcharme sin remordimientos.
Salí de la casa aquella misma mañana. Regresé al hotel que había dejado hacía más de un año, alquilé una habitación y me encerré a dormir durante dos días seguidos. Después me sentí yo misma de nuevo. Llamé a Madrid y le comuniqué a Sonia que regresaba a casa. «Te echamos de menos, me alegra oírte decir eso», me dijo.
No he vuelto a Canarias, sólo el azar hizo que muchos años después alguien me hablara de Alice. Fue un cliente griego que frecuentó el que fue el bar del Canario y en ocasiones mi cama. Por entonces, el bar sólo mantenía de lo que fueron sus orígenes el nombre en honor de su fundador y era un restaurante próspero que cimentaba su fama en una cocina con una sabía combinación de lo creativo y lo tradicional. Y mi cama era lo que ha sido siempre, tierno cobijo de degenerados. Miguel, que si no me equivoco era su nombre, había tenido una peletería en el Puerto de
No puedo decir que Alice y yo fuéramos como hermanas, la verdad es que nuestra relación fue extraña, aunque quizá no más grotesca que el resto de su vida, y terminó en una abierta rivalidad. A pesar de todo, sentí de verdad que le hubiera pasado aquello, aunque sus excesos con las drogas y el alcohol justificaran sus males. No he vuelto a saber de ella; tampoco lo he intentado.
Continuará…
